martes, 3 de noviembre de 2009

Desde adentro

(respecto del articulo de Alberto Dearriba del 26 de octubre: http://fabianmantaras.blogspot.com/2009/10/otro-17-de-octubre.html?zx=4c6348d5a2c32b16)


Nunca falta el necio que expone sus deseos como si fuesen el relato de la realidad. Manipuladores de la peor laya que disfrazan su discurso colonial de progresismo y ofenden impúdicamente a los actores de la historia. Fisgones que la miran desde afuera con envidia y se masturban con sus propios dibujos a falta de una pasión genuina.

“Ser peronista quiere decir cada vez menos” dice el falsario que desprecia la identidad mayoritaria del pueblo argentino como la gesta de su revolución inconclusa. De qué sirve explicarle al perverso lo simple que es identificar al peronista de los usurpadores de títulos? Él elige “sus” peronistas a sabiendas de las tres banderas blindadas del peronismo que son la Justicia Social, la Soberanía Política y la Independencia Económica. Él sabe como todos, peronistas o no, que la ausencia o contradicción con cualquiera de estas banderas es irremediablemente excluyente. Él es el impulsor del llamado “peronismo disidente” que significa literalmente, los que disienten con el peronismo.

El peronismo es un movimiento cultural y de masas. Aun con sus certezas es dueño de todas las contradicciones que eso implica. Como identidad política y cultural es de un atractivo irresistible para todo el que tenga verdaderas aspiraciones de llegar con su discurso a las mayorías argentinas. Pero es una identidad colectiva y, por sobre todo, nacional. Los pretenciosos del “peronómetro” deciden quienes son o no peronistas de acuerdo con sus conveniencias ideológicas. En definitiva la Inquisición, los cruzados y hasta el propio Hitler se manifestaban cristianos sin que haya hoy sofistas que se atrevan seriamente a escribir atribuyendo esos crímenes al cristianismo. Pero con el peronismo eso está habilitado. El intelectual “progre” y biempensante, con pretensiones de librepensador suele ser la mascarada del racista más energúmeno que se solaza, en realidad, en el desprecio por las clases sociales que nutren al movimiento popular. Hambriento de la derrota del nacionalismo popular y del peronismo alienta a los usurpadores más oscuros que penetraron al peronismo. Pero lo que más repudia es la capacidad del peronismo de renacer de sus cenizas. Los anticuerpos referidos por Perón que se desinfectaron del menemismo como antes lo habían hecho con el vandorismo y hasta con López Rega. El sofista quisiera que la última expresión en pie de la política argentina fuese por fin superada por una experiencia coyuntural, reconociendo con explicita superficialidad la historia frentista del peronismo que nunca se presentó en soledad ante una contienda electoral. La transversalidad, a su criterio, debe implicar la renuncia a la identidad peronista, porque sino se le notan los negros.

El sofista reconoce la tensión entre peronistas y gorilas y menciona su vigencia en el enfrentamiento de los Kirchner a las corporaciones, desde su lugar de altura y simulando no estar con ninguno de ellos. Y para eso, el discurso progresista dice que los beneficiarios de las políticas oficiales son “presuntos”, y que “no sienten mejorar su calidad de vida”. Para él “la disputa por la ley de medios resultó más incomprensible aún para las grandes mayorías populares” sosteniendo que la disputa por los derechos sociales debe esperar a la comprensión de los beneficiarios (o presuntos…perdón). Se entiende fácil: no alimentar al bebé hasta que entienda porqué debe comer. Y en esta metáfora el bebé es de la medida de los sofistas que sentencian que las mayorías no comprenden, y no que son saturadas por escribas como ellos con el fin de confundirlas.

En su discurso los logros del gobierno son apenas reconocidos con un “más allá de…” que precede siempre a la critica miserable, que es la que reduce el tema de discusión a una coyuntura de días. Para esta clase de rufianes el desprestigio de la política se debe al egoísmo de los políticos y nada tiene que ver con que miles de militantes hayan caído en el peor genocidio de nuestra historia, ni con que los medios de comunicación hayan alcanzado un poder tal que terminaron reemplazando a la política. Estoy convencido de que es deficiente la interpelación del gobierno con el campo popular, y que la clave del triunfo de esta restauración moderada del proyecto nacional pasa por que las clases populares lo sientan propio. También reconozco que no fueron suficientes, en estos 6 años, los esfuerzos o las voluntades para restablecer el tejido vincular del pueblo con su gobierno peronista (…frentista, como los gobiernos peronistas). Pero le agradezco a Cristina que tenga el coraje de intentar el saldo de las viejas deudas sociales sin esperar a que las masas se manifiesten. Queda mucho trabajo para hacer de adentro, que es más importante que mirar de arriba.

Ariel Magirena




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